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ubicuamente : breviario de incertidumbre

El holocausto

El holocausto El sionismo primigenio, creado por el agnóstico Theodor Herzl a finales del siglo XIX e inspirado por el auge nacionalista europeo, pretendía convertir la religión judía en la nación judía. Su maquiavélico deseo, ampliamente rechazado entre los judíos coetáneos, consistía en crear un estado judío en cualquier territorio donde fuese factible expulsar a sus habitantes, consideró como viables Uganda, la Tripolitania, Chipre, Argentina, Mozambique o el Congo.

Sin embargo, pronto Herzl se percató de lo sencillo que resultaba vincular la falaz historia mitológica bíblica (un pueblo unido que conquista su Tierra Prometida) que él llamaba “la poderosa leyenda” a la situación política del momento: aquellos judíos que rechazaban la recién inventada nacionalidad judía no podrían sustraerse al embargo emocional de conquistar Eretz Israel, Herzl consiguió a posteriori lo que no habían logrado veinte siglos de integrismo cristiano, que los judíos olvidasen su “alianza con Dios”. La “santidad” de la tierra, según la Ley judía, no era una propiedad intrínseca a Palestina – ese es el caso cristiano – sino al pueblo que la habitase respetando la Ley.

La evidente absurdidad de relacionar el asentamiento de colonias judías en Israel con una suerte de profecía bíblica no debió parecer suficiente a miles de judíos que comenzaron un éxodo desde sus naciones de origen a Palestina para abrazar una nueva nacionalidad: la judía. Para los sionistas el mundo se dividía en los habitantes de Israel (los “elegidos”) y los demás, cualquier acto que conllevase muerte y destrucción estaba justificado si ayudaba a la causa sionista que pronto monopolizó y convirtió a la causa judía. Los sionistas sabían que para alcanzar sus anhelos coloniales era necesario asesinar y expulsar a cientos de miles de palestinos: no les importó.

Entre 1904 y 1939 se establecen en Palestina más de 300.000 judíos procedentes en su mayor parte de Europa Oriental. Las organizaciones judías formadas por estos inmigrantes forman ejércitos terroristas con el objetivo de “liberar Israel”: Irgun, Lehi… que son combatidas tanto por los palestinos como por el ejército británico.

Acabada la 2ª Guerra Mundial, EE.UU. y el Reino Unido deciden partir Palestina para asegurarse una base aliada para el acceso al petróleo de Oriente Próximo. Desde entonces el autoproclamado Estado de Israel ha extendido su imperialismo a todos los estados vecinos: Egipto, Jordania, Siria y Líbano y ha ejecutado su “solución final”: el genocidio palestino. Mientras tanto, los mismos estados occidentales que justificaron su existencia han mirado para otro lado desviando la atención a conflictos de menor trascendencia. EE.UU. ha vetado sistemáticamente todas las resoluciones propuestas en la ONU para condenar la actividad militar del Estado de Israel.

Actualmente, la opinión pública internacional consiente el genocidio palestino como solución al terrorismo. Israel, apoyado militar, económica y mediáticamente por EE.UU. es mostrado como un moderno estado democrático – en el que sólo los judíos pueden ser ciudadanos israelíes – y el pueblo palestino se caricaturiza como a un puñado de integristas musulmanes prestos a destruir la civilización occidental.

Israel destruye sistemáticamente las poblaciones palestinas, de asentamiento secular, rebautizándolas con bíblicos nombres hebreos y regalando casas y terrenos a cualquier judío que se digne a participar del genocidio. Desde los mass media occidentales se dibuja una situación enfrentada en la que ningún contendiente quiere la paz; sin embargo, Israel sabe que no existe paz posible en un enfrentamiento no entre dos ejércitos, sino entre uno de los ejércitos mejor armados del mundo y un pueblo indefenso abandonado a su suerte, un pueblo sin gobierno, sin estado y sin futuro.

El objetivo de Israel no es conquistar la paz, sino todo lo contrario: expulsar o aniquilar a todos los palestinos para ampliar su estado “puro” judío. Las armas de los palestinos consisten en actos terroristas suicidas, hecho que desvincula la lucha por la liberación de Palestina del integrismo islámico y las piedras, que son lo único que el ejército de Israel deja en los poblados tras devastarlos. Al comienzo de la Intifada, Isaac Rabin (visto desde Occidente como un “luchador por la paz”), ordenó romperles los brazos a los niños para evitar que apedreasen los tanques israelíes que destrozaban sus casas, sus cultivos y sus vidas. Sin embargo, la actitud de Rabin contra los palestinos fue considerada insuficiente por el sionismo más radical que festejó su asesinato a manos de un judío ultraortodoxo.

Si Isaac Rabin era considerado un interlocutor válido para alcanzar la paz, si Ariel Sharon, quien en sus largos años de servicio a la causa del genocidio palestino ha provocado miles de muertos, se considera un interlocutor válido. ¿Qué esperanza le queda al pueblo palestino? Conocemos la respuesta.

Lecturas sugeridas:

Los mitos fundacionales de la política israelí Roger Garaudy

¡Palestina existe! José Saramago, Noam Chomsky et al. Ed. Foca
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