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ubicuamente : breviario de incertidumbre

¿Y ahora qué?

¿Y ahora qué? Muy bien, ya hemos llorado suficientemente. El imaginario social, la televisión, se ha colapsado por el dolor: como la sociedad. Sangre, heridos, destrucción, dolor, el bombardeo de casquería ha sido continuo. Todos los políticos, prestos, han simulado detener su campaña. ¡¿Cómo?! ¿No es su campaña la televisión? ¿Su imagen? Se han ahorrado los mítines, han borrado la conciencia política queriendo: “que vote el miedo; no piensen ustedes, desdichados ciudadanos, el terror nos asola”. No hay preguntas, no hay –por tanto– respuestas, no hay un discurso ni una razón. Aznar, sin pruebas, se muestra vehementemente convencido de la autoría de ETA; horas después, con evidencias en la mano, duda. ¿Miente? Por supuesto, pero quizá tanto a él como a todos nosotros; la sociedad se autoengaña: ¡Qué horror! ¡Qué sufrimiento! ¿Cómo es posible tanto daño gratuito? No hallan consuelo, no hay explicación, el mal –el eterno mal– ha penetrado en el Edén de Occidente y algún demonio –¿qué importa cual y por qué? – ha pecado y blasfemado contra la Biblia constitucional. “NADA justifica tal masacre” es un axioma repetido hasta la saciedad por todas las esquinas. Parece evidente: nada justifica tal masacre. Sin embargo, ¿cuántas horas de televisión y radio, cuanta tinta, se han desperdiciado intentando discernir si las masacres perpetradas al pueblo iraquí, al palestino, al chechenio… han estado justificadas? ¿Quién ha provocado toda esa destrucción, todo ese horror? ¿Quiénes son los “culpables”? ¿Duda alguien de la responsabilidad de Bin Laden en los atentados de Al Qaida a pesar de no haber accionado el detonador? Pero aquellos muertos no duelen, no sufren, son muertos “colaterales” víctimas necesarias del Orden mundial, han de morir para que Husseyn desaparezca, para que desaparezca el mal, pero ¿no es el acto lo que nos repudia? ¿No es la masacre lo que aborrecemos? No, es el miedo –no el odio– el que nos mueve; vemos nuestra vida, nuestro “feliz, justo y ordenado” modo de vida, atacado: nos podría haber pasado a nosotros. Sin embargo, “sabemos” que EE.UU. no arrasará el territorio patrio en busca del petróleo que empieza a escasear en sus pozos, no destruirá nuestra vida para enriquecer a los magnates petroleros que, disfrazados de políticos, dirigen tal nación. Nosotros, no podíamos ser las víctimas, al fin y al cabo, ¿no son ellos locos fundamentalistas, semilla del mal, y nosotros civilizados occidentales, paladines de la libertad? El ejército español, en connivencia con el estadounidense y el británico, ha destrozado, del mismo luctuoso modo que otros a las víctimas de Madrid, las vidas y los anhelos de millones de iraquíes (por no mentar otros casos). Civiles árabes, consternados como el pueblo madrileño, indignados como los manifestantes del día siguiente, resueltos como los periodistas de TVE que –sin pudor alguno– no han dejado de hacerle campaña al PP durante todo el día, han llegado a la conclusión que sus muertos inocentes, su vida perdida, su dolor impagable, se venga con la misma moneda. Que, en la batalla por la supervivencia, ellos –que jugaban con negras– han movido en su turno y se saben victoriosos. Esa locura, promovida por el miedo, el mismo miedo a perder su modo de vida, el mismo miedo de todos, ha llevado a que un puñado de aturdidos hombres haya perpetuado la cadena, cerrado el círculo, la violencia puede seguir. Occidente ha justificado los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, Dresde y el confinamiento en campos de exterminio de ciudadanos norteamericanos de ascendencia asiática por el terror de Hitler: ¿no era ese el terror de Hitler? Occidente ha justificado todas las guerras del capitalismo contra el comunismo, y viceversa, en los más diversos escenarios (donde los muertos son “otros”) por los más diversos motivos. Occidente ha justificado todas las guerras del petróleo, en Afganistán –donde habitaba el mal–, en Irak –donde habitaba el mal– y donde se tercie en un futuro, porque no cesará la espiral de terror. Porque el terror poliniza los fértiles terrenos de la injusticia, porque en nombre de invulnerables principios morales se violan esos mismos principios. Porque si la lógica de Aznar es: podemos matar a cualquier iraquí porque Husseyn es un vil dictador, sólo habrá que esperar a que los aznares iraquíes hagan su triunfal entrada en la guerra sin cuartel que han abierto los que sustentan el apoyo de los gobernantes, los que poseen los medios y crean opinión. La sinrazón sigue dando pasos de gigante mientras los ciudadanos, aturdidos, desinformados, miramos –como en un partido de tenis– de un lado para otro esperando que la pelota caiga en terreno ajeno. La moraleja es que, aquí y allí, han muerto los de siempre: los que juegan ese papel en la sociedad, las víctimas que alimentan los sueños de grandeza de la clase dirigente, el pueblo. Aznar sonríe, está tranquilo, ha dormido bien desde que comenzó –y aún no ha cesado– la carnicería iraquí, sus problemas son otros: “su España se llena de moros”, “el despido es muy caro para sus amigos”, “los rojos gobiernan en Cataluña”, “los vascos no quieren ser españoles”, el ideario de Aznar, lleno de profundas meditaciones trascendentales se difumina en esa barrera de la España patriota y “nosotros contra ellos”. Bienvenidos al mundo real, abróchense los cinturones y, por favor, voten al PP para que siga el espectáculo. Pan y circo.
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